De muñequitas sintéticas y rock-mona.

Le gustaban las mujeres dañadas, desperdiciadas, criaturas en las que aún se notaba cierta belleza luego de duras experiencias en la vida, como contemplar una caja de inocencia robada que aún no asimilaba lo que había pasado y que yacía en el piso, con el vestido roto, los zapatos sucios y el cabello alborotado aún oliendo a shampoo.
Su novia anterior había sido una mujer mayor, treintona ninfómana viviendo su adolescencia atrofiada. La anterior una adicta de su edad, de apariencia delicada y con un modo de actuar desenfrenado e incorregible.
Y ahí estaba yo, sentada ante la mesa del café, tomando un americano y en la otra mano, un cigarro, con algunos kilos menos, cabello corto y recién salida de mi encierro. Creo que llamé más su atención porque, me suponía con la actitud de quien había vivido maravillas, y ahora estaba sola, casi sola, sin un punto a dónde fijar la mirada, y para hombres como él, eso se huele a kilómetros.
Nunca se arriesgaba, siempre tomaba lo fácil, pero no por eso menos interesante. Llegaba en el momento justo antes de que dieran lo mejor de sí, a él, claro, como una esperanza, como un último ruego a un Ser Divino, como una última oportunidad: les hacía ver su suerte en seco, sólo demostrarles que ya no había más; y luego las desechaba; y nadie culpaba, porque era claro para todos que ellas ya estaban al borde del colapso.
Era perverso, le encantaban las adolescentes de espíritu, sin importar tanto el envase ni su edad, casi todas tienen el mismo perfil, una belleza radiante y letal, una actitud imponente, y sueños, muchísimos sueños. Y se acercó a mí cuando muchísimos sueños se habían derrumbado, pero como siempre pasa, muchos otros se levantaban con más fuerza. Así era la montaña rusa de mi vida, y muchas veces era presa de ese tipo de hombres, violentos emocionales, como él.
Mientras él me proponía tantas cosas que antes no hubiera rechazado, pensaba en este otro, en el mejor. En mis comparaciones, había algo malo en él y era la causa de que no le dijera sí a todo. Era calculador, no había errores, no había sorpresas, sabía lo que quería y cómo conseguirlo, y estaba 99.9% seguro de que lo conseguiría, y era lo que no llamaba mi atención. Tantas veces había hecho lo mismo, ya no se arriesgaba, era perverso, pero un objetivo al fin, y no pensaba en equivocarse, ni se permitía desviar la meta.
Este otro era diferente. Era inseguro, divertido, interesante, asombrado ante un mundo de vicios y placeres, siempre sorprendido en el interior por algo nuevo, se decía haber vivido mucho pero juntos explorábamos y encontrabamos tantas cosas fascinantes. A mi lado nunca maduraría. Era parte del dilema.
Y todos tenemos dentro esa dualidad, lo malo y lo bueno, la naturaleza. Así que sentía que no podía decir no, pero también sabía que si decía si, era como renunciar a mis propios deseos.
Todo tiene un transfondo egoísta e interesado por naturaleza, lo que no lo hace en sí malo, ¿no? En fin, conocí a su ex y no sentía que fueramos el uno para el otro, ni para la vida basura. Así que mi respuesta fue no.

– inspirado en una noche rock-mona, y esa canción pegajosa "… mi muñequita sintética, de plástico-uooo…"-

_sophie_

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