Historias de la noche.

Una noche inesperada, la lluvia helada que no había parado en toda la semana, los sentimientos exaltados por el alcohol, un par de botas y una gabardina, parte de los elementos de aquella inolvidable noche.
Caminando al costado de las anchas avenidas medio iluminadas iba, enconstrándose con putas, vagabundos y quimeras, muchas veces sin darse cuenta ya que la penumbra de los edificios viejos los acultaban.
Las coladeras exhalaban los vapores bajo la ciudad, como si toda la masa inerte sobre la tierra,  de pronto cobrara vida y respirara toda su maldad.
Los pasos se iban debilitando conforme creía llegar a su destino, su mirada buscaba aquello que le indicara que ya había llegado. Y cuando al fin llegó, pagó por la noche y subió a su habitación. Lanzó la gabardina sobre la cama y se sentó en una silla medio desvencijada, tomando una respiración profunda que sólo le hizo llenar sus pulmones con el aire frío y lleno de humedad del cuarto.
Prendió un cigarro, el humo pronto formó un halo aromático a su alrededor. El frío que comenzaba a sentir desapareció, su cabello se secaba lentamente.
 
Y ahí no había nadie, nunca había nadie.
 
Algunas noches luego del trabajo, esperaba en aquella silla, y despertaba sintiéndo un vació aún más grande y más profundo. Abandonaba una parte de sí con cada ocasión que esperaba, con esa necesidad inestable de hallar algo.
Quién imaginaría que aquella noche las cosas cambiarían, como predecir que de entre todas, esa misma noche en un mundo peor, había alguien que también esperaba lo mismo, y con la misma intensidad.
 
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Salió de las sombras, corrió por la callejuela y logró evadirlo, huyo deslizándose por los rincones y la penumbra de los arcos, confundiéndose con todos los animales nocturnos que habitaban la ciudad a la mejor hora del día.
Cuando se sintió fuera de peligro, echó a caminar otra vez, gris como una sombra, escurridizo.
No sabía a dónde ir, lo más extraño era que no tenía a dónde ir… en realidad jamás había pertenecido a un lugar. Vagó poco más de un par de horas, entre el centro de la ciudad, con sus viejos edificios mohosos conviviendo con curiosidades tecnológicas iluminadas.
Entró a un bar pequeño y acogedor, las mesas estaban vacías y la barra atascada de entes ojerosos con los sentidos alterados. A su lado, un ser que por su estado, ni siquiera se percató de su presencia. Minutos luego de que llegó, ese ser que a primera vista le pareció enigmático, salió tambaleándose sobre sus botas, subiendo el cuello de su gabardina en su intento por evadir el frío de allá afuera.
Gastando el tiempo, bebió que perdió la noción de la realidad.
Silencio total y oscuridad.
Fue como pestañear pero, ¿cuánto tiempo había pasado, y ese lugar? ¿Cómo diablos había llegado ahí?
Estaba en un rincón sobre la pared. Frente a sí, aquél ser del bar otra vez, y le pareció aún más hermoso.
Qué hacía ahí, porqué, cómo había llegado. Y cómo saldría.
 
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Cuando se acabó su cigarro, el quinto, tal vez el sexto, se quedó inmóvil sobre su silla, escuchando el débil tic tac del reloj de pared. Sintió algo. Era una presencia. Al momento, y de acuerdo a su conocimiento, se supo en total soledad y desechó la idea. Pero ahí donde caminaba, una mirada parecía tocarle. La sensación desconocida le incomodó y tomando su maleta de viaje, se metió al cuarto de baño.
Tomó una ducha, el agua le tranquilizó.
Cuando salió la maleta ya no estaba, dónde rayos la había dejado. Salió del cuarto de baño y se encontró en oscuridad total. Si no habían descorrido unas cortinas pesadas sobre la ventana y apagado las luces, entonces una ceguera repentina le había hecho su víctima.
Se quedó inmóvil, y de pronto una luz dirigida, tal vez un reflector, le iluminó. Ignorando su desnudez ni siquiera intentó cubrirse, su preocupación era saber quién más estaba ahí, pero la luz le cegaba.
Muy lentamente esa luz fue bajando de intensidad y esparciéndose por la habitación, hasta que fue suficiente para distinguir claramente las cosas, con un matiz violáceo.
No le recordaba pero tampoco le asustaba, y ese ser al frente le miraba directamente a los ojos.
 
Y fue como por primera vez se encontraron, y si fue la casualidadó el destino será un misterio, pero no hay duda, la vida termina por poner las cosas en el momento adecuado, justo cuando todo parece perdido o inútil, para mal, ó para bien. Todo justo antes del salto al vacío.
 
_sophie_
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