La casa.

"The house is empty now…"

Corría el agua de la regadera, la tina estaba llena al borde. La grabadora tocaba un disco desde horas atrás, las luces se prendían y apagaban, como iluminando un recorrido que nadie andaba.
En la cocina el olor de la comida, que salía y llenaba sutilmente la sala con un aire hogareño. Y afuera, en el patio, la fuente iluminada con luces de colores alegraba la vista de nadie, el sonido del agua alcanzaba las habitaciones escaleras arriba, con sus detalles en madera y sus camas limpias que nunca se destendían. La ropa en los armarios estaba impecable, a pesar del olor a humedad que guardaban entre si. Y en el estudio, unos hermosos dibujos sobre la mesa de trabajo, dibujos en hojas de papel amarillentas por el tiempo, arrugadas.
Las plantas en todos los rincones crecían con orden, verdes siempre y hermosas, dando vida a un espacio que mucho tiempo atrás había dejado de albergar vida humana, un lugar que poco a poco fue tomando el control de todo, haciendo huir a todos los que intentaban poseerlo.
Y por el día la quietud y el silencio profundo aislaban del mundo a esa parte de la calle, un terreno que ocupaba un cuarto de hectárea. Por la noche, las luces y el ruido confundían a quienes se atrevían a pasar cerca, infundiendo temor en sus mentes, que sabían, esa casa desde mucho tiempo atrás y por sucesos más bien horribles, había quedado totalmente deshabitada.

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Odiaba que su casa se quedara sola, y odiaba más estar en ella cuando eso pasaba. Bajó a la sala y se tendió sobre un sillón. Allá, en una parte de la pared, en unos vanos especialmente puestos ahí para eso, un par de velas en unas "semicopas" pequeñas brillaban en la penumbra. Y frente a ella, un ramo grande de flores amarillas, propias de la estación, características de la época, indicaba que estaba cerca la fecha de Todos los Santos.
El olor de las flores era bastante intenso, siempre le agradó, y aquella tarde no fue la excepción, sólo que a medida que el olor entraba a su sistema, le iba induciendo un sueño pesado, al que no podía escapar.
Y estaba sola, de nuevo, en una casa muy grande y desconocida, perdida. Entraba y salía de las habitaciones pero no le encontraba ni principio ni fin, era como vagar en un laberinto grande que terminaría por devorarla, pensaba.
Los amplios techos, sus habitaciones iluminadas, esa tranquilidad necia, le inquietaban; y ella era un intrusa, un manchón, con su ropa oscura y la cruz invertida sobre su pecho. Y ese ruido, como un río, le hacía pensar que se encontraba en un campo, en un bosque.
En el cuarto de baño el agua de la tina bajaba por los bordes, y se iba por una coladera puesta estratégicamente. El amplio espejo que casi ocupaba una pared, empañado. Y en él podía leer su nombre.

_sophie_

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Una respuesta a La casa.

  1. juan eduardo dijo:

    cada vez es mas el tiempo que pasas sin escribir pero vale la pena la espera es como las comidas navideñas esperas todo el año y cuando llega se  pasa uno comiendo jejeje

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