Benditas sean las putas.

"Benditas sean las putas, que de ellas será el reino de los cielos", cantaban a lo lejos y la frase daba vueltas en mi cabeza.
Podía sentir el hormigueo en mis manos, y una sensación divina correr por todo mi cuerpo. Pero qué lástima que todo eso no se pudiera compartir, sino con la soledad que gobernaba mi vida desde hacía tanto tiempo. El murmullo de alguna insatisfecha se escapaba entre alguna de las puertas del pasillo del hotel, inquietando mi mente ya de por sí exaltada. Cuando abrí la puerta de mi cuarto, la nebulosa realidad de mis cosas quemándose llegó como en un sueño que me golpeó la cabeza. El lugar pasó de la tranquilidad mezquina al correr de la gente, tratando en vano de sofocar el fuego. Pero, como las ironías que solían conformar mi vida, el fuego paró cuando hubo destruido todas mis cosas, cuando la última y más insignificante de mis cosas se redujo a cenizas.
La gente me miraba con lástima, ahí, recostado en el piso del mugroso y oloroso lobby . Reía, no tenía nada, ni siquiera un cambio de ropa, y la mía apestaba a sexo, comida y humedad. De pronto, otra vez la realidad me golpeó la cabeza, ¡no tenía nada! Ni siquiera ese preciado cuaderno de notas que contenía mi vida con lujo de detalles, y detalles de los más morbosos y perversos. De saber que mi diario iba a terminar así, me hubiera preocupado por no olvidar mis experiencias, ó de perdida de llevarlo conmigo siempre. Mis agendas, mis apuntes, mi dinero, todo se había perdido, no tenía a quien recurrir y al menos me habían perdonado la cuenta de la última semana debido al siniestro, a pesar que el descuido había sido mío, insistían.
No podía quedarme mucho tiempo ahí, la mujer que cuidaba la entrada se negaba tímidamente a correrme del lugar a pesar de la evidente inquietud del gerente para que lo hiciera. Le evité la molesta y salí caminando con los zapatos más gastados que hasta la mañana había tenido y ahora los únicos, los otros los guardaba para una buena ocasión.
Mis bolsillos vacíos, mis manos vacías, mi vida vacía. Hasta antes de darme cuenta de que había perdido todo lo material, pensaba que no tenía nada importante en la vida. Pero si no las pertenencias de uno, ¿qué más importante hay? No me quedaba nada y me sentía el ser más miserable sobre la tierra. Quise cambiar esa actitud de "Sólo me resta morir" a un "¡Esta es una oportunidad de comenzar de nuevo!" Pero no me sentía tan idiota, y el efecto de lo que me había metido se me había bajado ya. Así que, sintiéndome una cucaracha desafortunada, que ni siquiera su afilada navaja para cortarse las venas tenía, seguí caminando. Y en mi camino me subí a un puente peatonal sobre una de las avenidas más transcurridas de la ciudad. Desde ahí me quedé largo rato mirando los coches pasar a gran velocidad, viendo los faroles equidistantes sobre la acera, viendo las rayitas de los carriles, admirándome de mi mala suerte.
Era una broma, era como si todos mis malos pensamientos hubieran sido conjuros, todos vueltos realidad al mismo tiempo. Y es que, ¡estaba total, asquerosa y jodidamente sólo! Esta vez no había nadie a quién recurrir, esta vez no había a quien pedirle perdón, no había a quien rogar siquiera, bonita racha me había elegido para alejarme tantísimo de todo lo conocido.
Comenzaba a hacer un frío inclemente, franco. Retomé mi camino, bajé el puente y me interné en una maraña de calles desconocidas. No tenía porqué temer, ya estaba todo perdido, y sólo se teme cuando algo se quiere conservar. Pero ni mi vida inútil y lamentable tenía algún valor. Ni para mí ni para los demás, que no reparaban en mi presencia, ó que me veían con lástima. Mientras caminaba y le daba vueltas a mi situación, llegué a la conclusión de que no tenía ni la más remota idea de lo que pasaría, era extraño, pero no sabía que me reparaba el día siguiente, y ni siquiera tenía ganas ó la imaginación suficiente para hacer un plan.
Me quedaba esperar la aurora, la parte más fría y cruda de la madrugada, que te avisa que un nuevo día está por comenzar

_sophie_

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