Tales.

Iba en el metrobus, sentada al lado de la ventana, con el sol chorreando sobre sus hombros y sobre sus muslos que tenía cruzados. Resolvía un crucigrama mientras mascaba chicle sabor manzana, su favorito. Estaba totalmente distraída, escuchando a Gorgonas en los audífonos.
La ciudad pasaba velozmente por las ventanas, el camino del transporte recorría una de las partes, sino más "bonitas", si más agraciadas de la ciudad. Las calles se veían frescas, iluminadas, las casas aunque viejas, conservaban su delicado toque de Midas que recordaba el esplendor que alguna vez habían tenido. Y la gente era, aunque no la más ataviada, si bastante decente, normal.
Bajó en una estación frente a un edificio de oficinas. Eran casi las tres de la tarde y el contraste era abrumador. La gente de la oficina escapaba de sus jaulitas en la hora de la comida, salían caminando aprisa, comparado con el paso firme y despreocupado de ella. Su trajes oscuros y muy formales, de colores y cortes a la moda los más arriesgados, contra su ropa oscura y sexy, contra su playera de tirantes, su falda y sus medias de red. Y los cabellos, ellos con bastante gel y ellas con la cabellera presa en un chonguito alto ó bien peinado, siendo que el de ella estaba al natural, siguiendo sus movimientos.
Entró a un edificio que parecía albergar varios departamentos. La parte baja estaba atascada de anuncios luminosos de colores encendidos. Las puertas estaban cerradas, aislando negocios u oficinas del resto. Allá, en un cubículo aparte, estaba su amigo con su cita del día haciendo un trabajo sobre su piel. Con los guantes puestos y el cubrebocas, sin quitar la vista de encima, le saludó y le insistió a quedarse un rato con él. La música baja y el intermitente ruido de la maquinilla eran familiares… más preciso, cotidianos. Se había dejado caer en un sillón junto y miraba atenta las manos de su amigo, y algunas veces el rostro huidizo del cliente.
– ¿Qué tal afuera?
– Nada, bueno, lo de siempre. Hace un calor de los mil demonios y… odio salir a esta hora, siempre que paso por allá afuera, veo a los ratones.
– ¿Los ratones?
– De las oficinas, jaja.
– ¿Qué onda, hoy vas a trabajar?
– Si… necesito trabajar bastante esta semana, tengo varios encargos y ncesito dinero, quiero comprarle unas cosas a mi amor.
– ¿A ese wey?
– No, tú sabes a qué me refiero. Y ya me subo, porque sino se me hace más tarde. Al rato bajo y nos vamos a cenar algo, va?
Asintió con la cabeza el chico de cabello oscuro pegado a la cabeza y ella salió. Subió los escalones de dos en dos y empujó la puerta de la habitación… Siempre era como un juego, tratar de adivinar como era quien le esperaba. Y esta vez no tuvo suerte. Creía estar esperando a un chico pasado los veinticinco, moreno de cabello corto, pero en realidad era alto, blanco y de cabello largo.
Sonrió, no era como un juego, era un juego. Las palabras siempre eran pocas pero siempre las mismas vulgaridades. Estando sobre él, mirándolo a los ojos si este se dejaba, pensaba siempre en porqué… ¿Realmente era lo único? No, pero era lo más fácil. Se prostituía de manera más lucrativa, literalmente, que esa gente en los corporativos y en las fábricas. Cuántas veces no había llorado con sus primas, sus amigas, que habían tenido que acostarse con sus horrendos jefes para tener un puesto, más paga, menos trabajo. Ella no sentía remordimiento, no sentía culpa, algunas veces sentía miedo, pero era porque en el negocio le habían sucedido algunas veces cosas muy desagradables. Cuántas veces su amigo no le había salvado de los hombres… cuando su intuición le decía que algo andaba mal y subía corriendo, ó cuando ella bajaba medio desnuda hasta su negocio a refugiarse de alguna golpiza… Cuántas veces no le había podido salvar de los golpes, de las humillaciones… Pero procuraba no pensar en eso, el peligro se corría en todas partes, y en todos los trabajos, ¿no? Y ella era del tipo que pensaba que el suicidio es un acto de valor muy cabrón, y que prostituirse no es para nada un trabajo fácil.
Todo había acabado. Se bajó de él y se quedó tendida en la cama mientras él se vestía, parecía mirarlo entonces y sonreía, pero en realidad seguía pensando. Cuando vió el dinero en la mesita y él salió, fue a buscar sus cigarros y se quedo fumando cerca de la ventana, envuelta en la sábana.
Nunca había sabido a ciencia cierta lo que quería de su vida, así que había pasado por un sinfin de cosas, y había acabado ahí. Su amigo le rentaba la habitacón y le dejaba trabajar ahí mismo, y muchos otros amigos le recomendaban con gente, así se había hecho de varios clientes buenos.
Pero no era estúpida ni ingenua, tenía un plan B.
Se fue a bañar, se cambió de ropa y corrió las cortinas, abrió la ventana y puso música. Allá, tras un biombo, un par de "maniquis" de cuerpo completo, una máquina de coser, un pequeño closet lleno de todo lo que un sastre pudiera utilizar, papeles, dibujos, telas.
Se puso a coser con el cigarro entre los labios, haciendo ropa por encargo para gente que se creía igual de extraña que ella, cosas oscuras, telas vaporosas, suaves, aterciopeladas, que recordaban a un mundo onírico, sensual, ficticio, que se recreaba varias noches por semana en bares y antros, formales ó improvisados, de la ciudad.
Cuando cayó la noche, dejó la costura para encender el amplificador y conectar los audífonos. En la parte más escondida de su habitación, se encontraba su guitarra eléctrica. Era una persona soñadora, no podía negarlo, y bastante romántica. Tenia pretenciones de rockstar, ¿alguna vez dejaría todo eso por la música? ¿Podría dejar lo que había terminado por hacer su estilo de vida, por sus sueños?
La realidad le aplastaba y le deprimía, por eso prefería dejar de pensar, encerrarse en el mundo de acordes y armonías, notas, técnica, melodías. Le dedicaba bastante tiempo, no tenía más que hacer y últimamente el ocio era su peor enemigo. Últimamente si no estaba ocupada en algo, la idea de cosas dolorosas, las imágenes de objetos filosos y líquidos oscuros le maraban hasta que sentía que debía salir corriendo ó literalmente morir.
Así estuvo, hasta que la noche ya estaba bien entrada. Bajó, deseaba que su amigo ya hubiera terminado. Apenas a tiempo, pero aún le faltaba guardar sus cosas, ordenarlas y limpiar. Le espero curioseando sus cosas entre las que siempre encontraba algo nuevo. Luego de un rato, ambos salieron, cruzaron la avenida y entraron a una cafetería donde ya los conocían bien. No siempre eran bienvenidos por su apariencia, pero ese era uno de esos días en los que no les importaba. Platicaron y comieron, para ella su segunda y última comida del día. Ella sentía que él la miraba como a una muñeca frágil, linda, y que no comprendía. Se llevaban muy bien, con una amistad de varios años. Ambos se cuidaban, se contaban cosas, se necesitaban.
Él se paró y se fue al baño. Poco tiempo se quedaron y salieron cuando ya casi cerraban. De ahí al edificio y de ahí a la habitación de él. Para entonces él ya no estaba ahí, ella no sabía donde estaba y a juzgar por su apariencia, él menos. Ya se drogaba cuando lo conoció, pero ahora parecía más una adicción terrible y descontrolada. Se quedaba con él toda la noche, cuidándolo como él hacía con ella. A su lado dormía cuando podía, cuando esas ideas del fin no estaban en su mente porque, si él tan analítico, inteligente, realista y sincero, no podía salir de su infierno [que le conduciría a su fin indudablemente], ¿acaso su propio mundo de sueños y fantasía, le salvarían a ella?.
 
_sophie_
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